Ahogar el fuego con pintura

Abram Bravo Guerra, crítico de arte y curador.

La obra de Juan Rivero se compone de dos pulsaciones primordiales en constante pugna: una fuerza caótica de vibraciones violentas y matices grotescos (thanatos), y la simpleza de lo bello en su forma pura e ingenua, arropada en la complacencia sexual (eros). Quizás sean los tirones entre ambas naturalezas lo que da forma a un trabajo extremadamente versátil e incómodamente diverso; como si la balanza se debatiera atolondrada entre uno u otro extremo. Juan pinta en acto exorcizante, desgarrando demonios en un intento desesperado por autocomprenderse. Rivero es pintor por necesidad: eros y thanatos deshacen beligerantes su personalidad, siendo la pintura la más lógica vía de reconciliarlos. Y, en esta obstinada cruzada de salvación, pretende disimular el carácter genuino de un artista riguroso, técnico y, sobre todo, inconforme. 

A grandes rasgos, la sentencia de la pintura como herramienta necesaria o terapéutica pudiera antojarse como un recurso situacional algo agotado, parte de esa narrativa casi épica del creador como genio catártico que se refugia en su propia creación. No obstante, pocas veces he conocido a alguien tan alineado a dicha idea, al punto de dejar a un segundo plano el desarrollo promocional y comercial de su trabajo para satisfacer esa pulsación urgente que encuentra en la obra su única respuesta. Es muy difícil encasillarlo y es aún más complejo para él armarse una fórmula exclusiva que pudiera serle funcional. Empieza y frena una serie a la misma velocidad, sin preocuparse por otra cosa más allá de una necesidad de expresión, de sacarse un par de gritos de adentro e incrustarlos al lienzo con violencia. Devuelve así un trabajo medio esquizoide en su totalidad, piezas que suponen páginas sueltas de un diario, anécdotas trazadas a veces de manera evidente y otras en rebuscadas metáforas, con thanatos y eros llevando las riendas del resultado final.

Ahora, reducir ambas pulsiones a zonas determinadas, reconocibles e independientes del trabajo de Juan Rivero sería el más absurdo intento de simplificación. De manera general, la obra de un artista gravita en intenciones cíclicas y mezcladas en su proceso evolutivo, las regresiones o conexiones son comunes a casi cualquier cuerpo creativo. En Juan este síntoma se hiperboliza, al punto de convivir ambos extremos en un mismo cuadro. Sus piezas suelen revestirse de una capa de ligereza y cierto sentimentalismo, con degradaciones vaporosas de tonos intensos, para ingeniarse un primer impacto que sobre todo transmite calma -la complacencia del eros-. No obstante, bastan unos segundos para descubrir detalles sórdidos en la escena que fragmentan la calma en una intención de caos contenido -la pugna del thanatos-. Ambos sentidos conviviendo en una misma escena duplican la posibilidad de lectura, generando una fricción narrativa que se explaya en la siempre presencia de un algo más. Así Asterión se avienta en caída libre o los náufragos mutan plácidamente en monstruos marinos mientras aves de rapiña roen sus cuerpos, o se desboca en medio del romance un nudo de sexualidad húmeda que roza lo violento. Juan no sabe hablar desde el caos o la complacencia absoluta, prefiere mezclarlos en un cóctel estridente y medio traicionero, muy a la manera de la vida. 

En esta paradójica convergencia va estructurando su trabajo seriado. Convergencia que se aviva sobre todo en la obra producida luego de asentarse en España, pues su particular tratamiento del pigmento le ha añadido cotas cada vez más altas de autorreferencialidad a su propuesta. No obstante, es interesante como las sensaciones pugnantes terminan decantándose levemente a uno u otro extremo. Cuando se decide a echar mano del universo floral, como telón de fondo a personajes que dialogan, se acarician o se entregan con descaro al acto sexual, Rivero aprende a contenerse y asume la delicadeza como línea principal de acción. El eros toma con suavidad el timón y la escena condensa una complacencia alineada con el recuerdo que la escena devela en el artista y que -como es lógico- replica en el espectador. Esto se repite en las marinas, los interiores hogareños o en su recurrente costumbrismo rural. Sin embargo, el caos propio de thanatos recuerda su febril y definitiva presencia en detalles que dinamitan -y dinamizan- lo representado: una pose desafiante, un peligroso animal que se asoma, un fornido lomo de toro que sirve de lecho a los amantes.

Al otro extremo se pegan los ya mencionados náufragos. Recordatorio vívido de una tragedia, las figuras se amontonan o descansan solitarias en la inmensidad del mar, o abrazan desfallecidos peligrosas orillas. Se hacen de la misma materia grácil, delicada, revestidos de una ingenuidad o calma aparente que disimula el torrente caótico de cada pieza. Ellos mutan, sufren, se elevan, lloran, no olvidan la sordidez de un trayecto temible y a medias, con la constante incertidumbre del final. Los náufragos se convierten en el símbolo predilecto de un viaje inagotable y sujeto a las inclemencias de la causalidad. El hedor acechante de thanatos contamina silencioso la engañosa atmósfera soporífera; audaz jugada con la que Juan disimula las heridas expuestas de su propio trayecto. 

En medio de todo, va dando vuelta la que quizás sea su virtud castigadora, o su placer culpable: esa necesidad constante de replantearse y extender los límites de la representación. A estas alturas ya aprendió demasiado bien aquello del pigmento seco y luego el chorro de agua, ese cambio de aire a la factura que solo él mismo termina de entender. Ya sabe que sienta de maravilla y eso le molesta. Entonces se pone nuevas metas, se arma nuevos muñecos y echa por tierra lo que hace dos meses repetía sin parar. Juan se aburre para bien; se aburre porque la vieja rencilla interna lo obliga a agenciarse nuevas soluciones, nuevas treguas. Empieza otra serie y la perfecciona hasta que ocurre lo inevitable: se le gasta. Ahí radica esa versatilidad obligatoria que condiciona giros inesperados y, de vez en cuando, sepulta bajo montañas de lienzos antiguos quebraderos de cabeza todavía fértiles. La desbordante extensión de su obra ya hecha, concluida a medias, solo es comparable a la inagotable imaginación y la seguridad de otra obra por hacer igual de extensa y precisa. 

A estas alturas, el compromiso real de Juan Rivero con el arte se limita, exclusivamente, a la autopromesa de una búsqueda incesante. Por supuesto, esa búsqueda se sabe solo en medio de la pintura, el dibujo y el grabado, y también se sabe en el recurso técnico específico y las posibilidades que aún arroja: ahí se arma el ecosistema creativo que permite conciliar a eros y thanatos. En todo no se puede estar, y eso también Juan lo aprendió hace bastante tiempo. Lo interesante termina siendo esa personalidad inquieta y ese creador riguroso que ha nacido de ahogar el fuego con pintura, de mitigar contradicciones propias a base de arte y no acomodarse. 

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