Algo dulce, pero picante.

Miguel Rodez, crítico de arte, curador y artista.

Mientras Juan Rivero completaba su último año en el Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana, obtuvo un reconocimiento instantáneo como uno de los integrantes del equipo galardonado con el Premio UNESCO para la Promoción de las Artes. En aquel momento, dicho galardón era ampliamente considerado como uno de los máximos honores globales para artistas contemporáneos emergentes. El hecho de dar el salto desde un entorno académico directamente al escenario internacional de la Séptima Bienal de La Habana en el otoño del año 2000 —y ganar de manera inmediata— aceleró radicalmente su transición de la vida estudiantil a la de un firme contendiente en los circuitos profesionales de exhibición internacional.

Aquel éxito, sumado a sus logros académicos, propició su nombramiento como profesor en la Academia de Pintura San Alejandro, donde ejerció la docencia durante los siguientes cuatro años. Simultáneamente, trabajó como curador jefe tanto para el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales «Luz y Oficios» en La Habana como para el Proyecto Circo. Ambos cargos codiciables le brindaron la oportunidad de vincularse de manera creativa con el arte desde una perspectiva diferente; en lugar de crear la obra él mismo, se dedicaba a organizar las creaciones de otros de tal forma que provocaran una profunda introspección en el público.

Por muy enriquecedor que resulte enseñar y articular el arte ejemplar en exposiciones que invitan a la reflexión, se trata de un proceso laborioso que consume la vida de tal manera que deja escaso margen para la creación artística, la cual constituye su verdadera pasión. Por ello, cuando surgió la oportunidad de trasladarse a Castellón (España) para colaborar, estudiar y formarse bajo la tutela de Juan García Ripollés —uno de los artistas contemporáneos vivos más icónicos de España—, puso rumbo inmediato en esa dirección. A pesar del prestigio que conllevaban su cátedra y sus puestos de curador, la posibilidad de trabajar junto a un maestro del arte era una evolución creativa que no podía dejar pasar.

En un principio, Rivero desempeñó un papel de apoyo en el taller de Ripollés, pero a lo largo del camino esa dinámica floreció. Más de dos décadas después, aunque persiste un profundo vínculo creativo con aquel taller, Rivero opera su propia práctica de estudio, generando una producción figurativa diferenciada que ha cobrado una gran fuerza y reconocimiento en el circuito artístico internacional.

Hasta ahora, la atención se ha centrado en la rápida eclosión de Rivero y en su posterior desarrollo profesional, pero ¿qué hay de su arte en sí? Su estilo distintivo causó un impacto inmediato sobre la escena artística y, desde entonces, no ha dejado de evolucionar.

A través de su trabajo estudiantil ya resultaba evidente que una profunda agitación emocional sustentaba las creaciones de Rivero. Esta tensión cristalizó en 1998 durante su primera exposición individual, cuando la Casa de la Cultura de Plaza en La Habana presentó su muestra «El objeto del eterno». Las piezas que poblaban la exhibición fueron ampliamente descritas como «viscerales». Los espectadores fueron testigos del talento técnico en bruto de un estudiante que rompía claramente con las limitaciones académicas, apostando con audacia por una temática oscura y psicológica en lugar de ofrecer al público asistente el contenido habitual y esperado.

Con todo, su preocupación por representar la angustia ha sido un ancla recurrente en gran parte de su obra desde aquel debut en solitario en 1998. Rivero no plasma necesariamente la típica batalla entre el bien y el mal; es algo mucho más intrigante. Su producción más oscura alude, en cambio, a la fricción interna que los seres humanos albergan en su propio ser. De acuerdo con la teoría de la dualidad de los instintos del psicoanalista Sigmund Freud, dos fuerzas opuestas dirigen el comportamiento humano: la «pulsión de vida» y la «pulsión de muerte». Mientras que la primera es responsable de nuestra búsqueda del placer, la cooperación y la auto-preservación, la pulsión de muerte actúa en sentido contrario. Cuando se vuelve hacia el interior, la pulsión de muerte busca el retorno a la nada, manifestándose como autodestrucción. Cuando se proyecta hacia el exterior, alimenta la agresión, la crueldad y la violencia que observamos en el mundo.

Retratar ese lado oscuro de la naturaleza humana que la mayoría de las personas se esfuerza por ocultar tiene sus consecuencias. Las representaciones horripilantes de una violencia innombrable están destinadas a cosechar severas críticas, y la obra de Rivero ha generado una vocinglera controversia. Su imaginería ha llevado incluso a algunos a concluir que es un misógino o que busca promover la violencia, extremos que, según el propio artista, en ningún caso son ciertos. Resulta interesante señalar que la gente paga cuantiosas sumas de dinero por ver películas de terror sangrientas y, sin embargo, no acusa de lo mismo a los guionistas, productores o directores. Al parecer, a los cineastas se les puede perdonar, pero los artistas visuales deben pagar por sus pecados.

Sin embargo, la obra de Juan Rivero no ha estado navegando por las aguas del existencialismo a la deriva. También ha incursionado en rumbos que le han conducido a entrañables series de corte excéntrico y naïf, las cuales exploran la curiosidad de un niño que busca nuevas formas de jugar. Estas creaciones se sumergen en un mundo idílico y desprovisto de zozobra existencial. Lejos de revelar inconsistencia, estas variaciones estéticas ponen de manifiesto el carácter de una mente compleja, capaz de expresar todo el espectro de la emoción humana.

Esto nos lleva a la extravagancia visual que se despliega en estas páginas. En primera instancia, el espectador se siente atraído por la magistral combinación de unos colores que se funden como un deleite visual sobre la superficie de los lienzos. Nos transportan a un mundo fantástico suspendido de la realidad, donde las figuras aparecen desvinculadas de la gravedad y el tiempo no existe, a pesar de la presencia de una narrativa temática. No se trata de una narrativa inserta en la tradición lineal de Occidente, sino más bien de una arraigada en culturas que priorizan las emociones viscerales por encima de lo que vino en primer, segundo o tercer lugar.

Rivero nos ha servido un plato visual cuya belleza no podemos ignorar. Es una experiencia minuciosamente dispuesta, donde cada elemento se sitúa con precisión en el lugar que le corresponde, pero es aquí donde Rivero brilla verdaderamente: esos cuerpos hermosos, femeninos y de inspiración asiática no son mujeres, sino hombres. Más concretamente, son toreros. Figuras que encarnan la quintaesencia de la cultura del machismo aparecen yaciendo sobre los toros muertos que acaban de sacrificar, y hablando de “sacrificio” no deben de pasar por alto las posiciones que asumen. Son reclinaciones que remiten a lienzos renacentistas, plasmando el dolor y la intimidad de ese breve lapso tras haber sido Jesús descendido del madero.

Mediante esta subversión de la representación, el artista transforma un mero deleite visual en un profundo discurso sobre el significado de la masculinidad. Pero eso no es todo: ha inyectado violencia y sufrimiento en una escena idílica que unos ojos desprevenidos jamás habrían imaginado. ¿Se encuentran estos hombres exhaustos o en pleno éxtasis tras su horrible cometido? Rivero transforma lo que de otro modo serian piezas decorativas en profundas disertaciones visuales sobre la identidad, el placer y el dolor. En definitiva, la más reciente obra de Juan Manuel Rivero Prieto es dulce pero picante.

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